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7/08/2016

La paz barata del presidente Santos


Santiago Villarreal Cuéllar

Históricamente los procesos de paz en Colombia parecen más capitulaciones que verdaderas negociaciones sobre temas fundamentales del estado. La amnistía e indulto del gobierno de Gustavo Rojas Pinilla en 1954, fue la entrega de unos guerrilleros para que posteriormente los asesinaran secuaces del establecimiento. Algo parecido sucedió en 1959 con la amnistía promulgada bajo el gobierno de Alberto Lleras Camargo, donde “Tirofijo” se acogió a los acuerdos, alcanzó a ser inspector de obras públicas en el Tolima y cuando asesinaron los primeros amnistiados retornó a las montañas hasta su muerte natural en marzo de 2008. Las negociaciones con las guerrillas del M-19, Quintín Lame y E.P.L., iniciadas bajo el gobierno de Virgilio Barco en 1988, y culminadas en 1990 en el mandato de Cesar Gaviria Trujillo, si bien desembocó en la asamblea nacional constituyente en 1991, logró solo algunos objetivos. Salvo la acción de tutela como herramienta jurídica para hacer cumplir a medias los derechos fundamentales, el resto del articulado sirvió al gobierno y sus aliados para estampar el modelo económico neo-liberal y llevarnos al abismo, como el caso de la salud para no citar sino solo este ejemplo. 

Con todo el mosaico de derechos consagrados en la Carta Magna, Colombia continuó siendo estos veinticinco años el país con más violaciones a los derechos humanos registrados, después de Honduras. Desapariciones forzadas, desplazamientos, torturas, asesinatos sumarios por parte de la fuerza pública, y el fortalecimiento de grupos para-militares por parte del estado para contrarrestar los insurgentes. Fue otra página histórica de negociaciones y claudicaciones de la insurgencia que resultó a bajo costo para el estado.


Las actuales negociaciones entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las farc, quizá sean las más baratas de la historia. Una guerrilla de la magnitud de las farc; la única que alcanzó a dominar amplias zonas geográficas del país, que logró asestar duros golpes a la fuerza pública, y terribles ataques en zonas urbanas, termina relegada en zonas de concentración, entregando armas y sin que sus banderas ideológicas que convencieron por más de cincuenta años a miles de colombianos que engrosaron sus filas, y otros miles que ofrendaron sus vidas por esa causa, no serán tenidas en cuenta. Salvo la reforma agraria, que temo quedará estampada en el papel como otros acuerdos, pero no se cumplirá, es la única bandera rescatada. Tanto derramamiento de sangre, tantas víctimas de todos lados, para culminar opacadas y odiadas por la gran mayoría de los colombianos. Sin embargo, prefiero esta paz barata del presidente Santos, que la costosa guerra propuesta por el ex presidente Uribe.  

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