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8/03/2014

Desde el Atlántico


Autor: Eduard Punset 3 agosto 2014


atlàntic
Estoy en un pequeño pueblo humedecido por el Atlántico, cerca de Royan, bien al norte de Burdeos. La especie más prolífica y vistosa por aquí son los pájaros –muchísimos más que los humanos–, y sus colores no son chillones, sino matizados; es como si, al ser privados de la compañía de los humanos, su señal para los depredadores se hubiera dulcificado: ¿para qué hacían falta colores más brillantes para alejar a las bestias carnívoras? La naturaleza parecía tener razón: todo gris y pocas estridencias.
La segunda cosa que llamaba la atención en un paisaje dibujado por las aves era el cuantioso número de objetos diseminados por todos los rincones: piedrecillas, piedras, rocas, restos de ramas secas con las que fabricar nidos, babosas, gusanillos cubriendo un paisaje de encinas repletas de simulacros de pequeñas bellotas o una plaga de cochinillas, como las llaman los jardineros de turno.
Después de pasar horas distinguiendo si las esperadas bellotas estaban realmente aflorando o habían renunciado a la vida hacía tan solo un par de semanas atrás, me pasé un tiempo absorto en un esfuerzo milimétrico, empeñado en conseguir que algo así como un millar de hormigas fueran eliminadas, apretando el pulgar o el índice contra el tronco de una joven encina, dejando una marca sanguinolenta para que la vista o el olfato de las que por ahora estaban a salvo las asustara para un rato.
La verdad es que los demás objetos –algunos muy bellos, como un cántaro abandonado para siempre al pie de un árbol– no me importaban nada comparados con la belleza afiligranada de mis hormigas. ¡Qué raro que no estemos pensando más a menudo cuán escasos somos en número y hazañas, comparado con el resto de los «objetos» que pululan alrededor!
Debieron transcurrir varios miles de millones de años para que algunos de estos «objetos» se transformaran en algo que supiera ir en una dirección determinada; y no digamos ya que tuvieran conciencia de lo que hacían o que pudieran empatizar con otros. En realidad, solo ahora empezamos a entender que el inconsciente fue lo que surgió primero en el tiempo evolutivo y que la conciencia se desarrolló mucho más tarde en la historia de la evolución.
La gente tiende a olvidar que necesariamente hubo muchos sistemas inconscientes, útiles y adaptativos, que guiaron nuestra manera de comportarnos; fue el inconsciente, mucho antes que la aparición de la conciencia –hace apenas cien mil años–, lo que nos permitió sobrevivir y reproducirnos. Los «objetos» que consideramos impasibles y lejanos de nuestros sentimientos fueron, en cambio, nuestros antecesores.
Es increíble pensar que apenas hemos empezado a deslindar el conocimiento acumulado por el inconsciente del conocimiento racional albergado en la parte consciente de nuestra mente. Hay un secreto válido para separar uno de otro sin temor a equivocarse: no es cierto que el pensamiento o los sueños albergados en el inconsciente sean todos falsos, como tampoco es cierto que el fruto del esfuerzo racional –mucho más reciente– sea siempre verdadero. Depende. Existen multitud de sueños inconscientes que nos han preservado de males horribles, y la experiencia nos dice que, cuando los descubramos, deberíamos profundizar en muchos sueños racionales y conocerlos.
Existen animales cuyo conocimiento es todo, o prácticamente todo, genético. Pueden nacer sin conocer a sus madres porque durante su vida, su estructura genética les irá resolviendo todos los problemas. A nosotros, los humanos, nos toca reflexionar constantemente para no equivocarnos. El conocimiento inconsciente acumulado será importantísimo guardarlo como un tesoro. E igual ocurrirá con el conocimiento probado.

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