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9/22/2016

Homofóbia en el senado colombiano


Santiago Villarreal Cuéllar

No obstante los avances en educación, ciencia, tecnología, agricultura, y otros campos en la sociedad occidental, la mayoría de políticos colombianos continúan levitando en la edad media. No evolucionaron y se niegan a aceptar los cambios sociales aferrándose a preceptos dogmáticos y estrategias electoreras. A la mayoría no le interesa el bienestar social de los ciudadanos, sino la forma de continuar vigentes en sus curules y cargos, en detrimento de grandes sectores sociales que siguen marginados del establecimiento. Pero no solo los políticos continúan ciegos a los cambios. Una gran mayoría de la sociedad colombiana sigue pensando como si estuvieran en el oscurantismo. Para esa sociedad la ilustración aun no llega. Para esa sociedad es escandaloso ver una jovencita mostrando el ombligo o llevando un piercing en el mismo lugar o en la lengua. Y si lo lleva un jovencito en sus orejas u otra parte de su cuerpo, también es visto como alguien raro.

Ser diferente en Colombia es ser contestatario, rebelde, sinónimo de insurgente. Esa sociedad continúa creyendo en el viejo concepto de la “gente de bien,” heredado del franquismo español y entronizado por el chulavismo de los años cincuenta. Las familias y la gente “de bien” es el prototipo del conformista, que va a misa, a culto, respeta las leyes sin interpretarlas ni cuestionarlas, viste “decentemente,” no usa peinados escandalosos, tintes “raros,” y los muchachos no se dejan crestas en sus cabellos. El diferente es mal visto, es sospechoso de marihuanero, comunista, guerrillero, vicioso, homosexual, es un bicho raro, es desechable. En la sociedad colombiana todavía se considera al desechable como digno de ser borrado del mapa mediante la operación limpieza, herencia de la operación cóndor y la seguridad nacional. Un gran sector de esa sociedad colombiana, mal llamada cristiana, cree que la delincuencia y la gente diferente, debe ser exterminada, matándola o desapareciéndola. Por eso no es raro que a las puertas de un plebiscito para refrendar los acuerdos de paz, haya tanta gente partidaria del no.


Y no se me hizo raro que la comisión primera del senado votara mayoritariamente el proyecto de referendo presentado por la senadora ultraderechista Viviane Morales para preguntar al pueblo colombiano si desea o no que los homosexuales y lesbianas puedan adoptar niños, añadiendo otro mico despreciable: que los y las solteras tampoco pueden adoptar menores. Los otros senadores ultraderechistas que se rasgan las vestiduras defendiendo este proyecto son: Hernán Andrade y Roberto Gerlein, sin mencionar los del centro democrático que son cosa aparte. Temo que la plenaria de esta corporación baile al compás de la melodía homofóbica.                         

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