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8/24/2016

Hace 25 años


Santiago Villareal Cuéllar

Aquella soleada mañana del viernes 23 de agosto de 1991, lo vi angustiado mientras revisábamos el cultivo de café. Era una especie de ansiedad incomprensible. Nunca lo había visto antes así. Sin embargo, no interrogué sobre su estado de ánimo. Quizá presentía la tragedia que ocurriría más tarde. Esas extrañas percepciones o intuiciones que suelen tener quienes presienten la desgracia. Almorzamos normalmente como lo hacíamos en compañía de mi madre, esa mujer inmaculada que nos quería tanto. ¡Cuánto sufrió después de la tragedia! Ese sufrimiento la acompañó hasta su tumba, catorce años después. Hacia las cinco de la tarde abordó su motocicleta dirigiéndose a la ciudad de Pitalito, pero nunca llegó. Durante la noche no regresó. Mamá se angustió bastante pero yo la calmé diciéndole que otras noches tampoco había llegado. El sábado muy temprano continué las faenas de la finca, pero hacia las nueve de la mañana decidí viajar a Pitalito para hacer las compras del mercado que rutinariamente lo hacía mi hermano cada ocho días. Mi madre preocupada me pidió con sus inmaculados ojos llenos de lágrimas que lo buscara. Así lo hice en aquellos lugares y amigos frecuentados por él, pero todo fue en vano: todos contestaban que no lo habían visto. Cuando regresé a la finca hacia la media mañana, guardé la esperanza que hubiera regresado, pero me decepcioné porque fue lo primero que mi madre interrogó. El almuerzo no fue tan agradable y familiar como cuando estábamos los tres. Comimos con angustia, sin apetito y con la chispa de la preocupación en nuestra mente.


El domingo por la mañana mi madre y yo presentíamos que algo anormal le había ocurrido a mi querido hermano, pero nos negamos a aceptarlo. Seguíamos guardando vana esperanza. Inicié la búsqueda por el Corregimiento de Bruselas donde solía visitar algunos amigos. Nunca pensé, y ni siquiera imaginé que esa búsqueda llegara a ser tan larga, tortuosa, dolorosa, y estéril. Llevo 25 años buscando al ser más querido de mi vida: mi hermano José Lizardo Villarreal Cuéllar, y no he logrado saber nada de él. Solo nos enteramos el lunes 25 de agosto, cuando encontramos la motocicleta escondida por los secuestradores a sueldo a orillas de la carretera nacional que de Pitalito conduce a Timaná, a la altura de la Vereda Charco del Oso. Hubo testigos que revelaron los hechos. Se lo llevaron a la fuerza, bajo la amenaza de las armas. Lo subieron a una camioneta, pero se lo comieron porque hace parte de esa trágica lista de las cientos de miles de víctimas por desaparición forzada en Colombia.        

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