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8/10/2016

Duendes juguetones


Santiago Villarreal Cuéllar

Esconden los botones que las mujeres pacientemente remiendan. Toman hilos y los halan cuando la remendona trata de enhebrar la aguja. Juegan con los dedales y rasgan las camisas recién remendadas. Son los duendes juguetones que permanecen en el interior de las viviendas campesinas de nuestras tierras latinoamericanas. A veces no son varios, sino uno solo que vive en esas casas elaboradas de bahareque, cubierta de teja de barro cocido y cuyas viejas puertas de madera rechinan al abrirse y cerrarse. También se introducen en la cocina, botan el agua de las ollas de barro cocido, o doblan las cucharas y cubiertos. Extraen la bola del viejo molino de mano y a veces llegan a regar la sopa recién preparada.

Mi abuela contaba que la señora Ceferina vivía muy aburrida de las travesuras del duende que desde hacía muchos años, desde que se casó 56 años atrás, acompañaba ese matrimonio. Cansada de este duende juguetón que cada día cometía una fechoría distinta, aconsejó a don Demetrio, su esposo, vender la finca y mudarse para otra lejana región rural. Un buen día vendieron el fundo y comenzaron a empacar el trasteo mientras la anciana derramaba gruesas lágrimas debido a la tristeza que sentía por dejar la casa donde nacieron y crecieron sus 14 hijos, pero con la esperanza de encontrar tranquilidad en la nueva hacienda, distante cuatro días de camino. Tres días después, mientras arreaban las mulas que acarreaban los trastos, Ceferina echó de menos la hermosa mesita de noche que le regaló su madre el día de su matrimonio. Preguntó a Demetrio si había embalado la mesa y contestó una voz emitida desde la vanguardia de la caravana: “aquí la llevo mamá, fue la primera que me eché a mis hombros, no se preocupe que la traigo desde el día que abandonamos la casa.” ¿Quién carajos eres tú? Interrogó intrigada la vieja. “Pues quién más puede ser mamá.” Respondió la voz. “Soy el duende juguetón.”    


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