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12/05/2015

Civilización y barbarie


Santiago Villarreal Cuéllar

Una pequeña luz, como de un lejano faro, comienza a vislumbrarse en el horizonte; son los rayos luminosos de la civilización. Un monstruo con sus fauces ensangrentadas, destila veneno y azota con su cola en los paroxismos de la muerte; es la barbarie que comienza su triste ocaso. Colombia vivió una barbarie, digna del canibalismo macabro, cruel, despreciable. A partir de la década de los años treinta del siglo pasado, comienza una violencia política en zonas rurales; la gente más ingenua se mata unos con otros en aras de defender dos banderas (liberales y conservadores), mientras la clase privilegiada se repartía la jugosa torta de pastel del poder; también defiende sus empresas, propias y extranjeras. El pueblo raso no posee empresas, solo lucha diariamente para sobrevivir y no morir de hambre. En 1948 es asesinado Jorge Eliecer Gaitán, el hombre que encarnaba la esperanza de ese pueblo despojado de privilegios; el hombre que prometía cambiar las estructuras de un estado cruel, utilizado por los privilegiados para defender sus intereses y engordar sus faltriqueras. La guerra recrudeció; el gobierno de Mariano Ospina puso los recursos estatales a favor de sus intereses, creando grupos para-militares (‘chulavitas’ y ‘pájaros’) para combatir al enemigo, es decir al pueblo indefenso. Laureano Gómez continuó la obra de su antecesor con más crueldad y sevicia. Surgieron grupos de auto-defensa para no dejarse matar; Guadalupe Salcedo y Pedro Antonio Marín, alias ‘Tirofijo,’ son ejemplos de supervivencia y valor. El primero cayó víctima de su creencia en el estado; fue amnistiado por el gobierno de Rojas Pinilla y a las pocas semanas lo asesinaron. El segundo, más incrédulo y dudoso prefirió continuar en las montañas, fortaleciéndose y creando un poderoso ejército de resistencia, que con el tiempo se volvió ofensivo y peligroso para el establecimiento. Empezó la barbarie con toda su bajeza y crueldad.

Durante el gobierno de Belisario Betancur 1982-1986, comenzó un proceso de diálogo y negociación con todos los grupos guerrilleros. Sin embargo, se truncó con la toma del palacio de justicia en 1985; la barbarie siguió su curso; tocó fondo en la misma década con la aparición de los para-militares, azuzados por el estado, narcotraficantes, ganaderos y muchos empresarios. Los sucesivos intentos de diálogo no lograron ningún éxito para alcanzar una paz relativa. Durante estos tres años de negociación entre el gobierno y las farc, los avances constituyen un hecho histórico que nos permite vislumbrar un final feliz. La civilización está cerca; no debemos permitir un retroceso; sería fatal y peligroso para las futuras generaciones colombianas que merecen vivir sin guerra, civilizadamente, en paz.        

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