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6/14/2015

Oración del Duende


Santiago Villarreal Cuéllar
Para pelear, amansar y enamorar,” dice el preámbulo de la Oración del Duende, publicada en un viejo libro llamado “Páctun,” edición francesa de 1867. Particularmente despierta mi curiosidad leer estos libros de fórmulas magistrales, donde el sincretismo religioso se mescla con la superstición, la leyenda y el mito, no solo europeo, sino latinoamericano. El duende como leyenda nórdica, donde seres diminutos (gnomos), con figuras humanas, generalmente masculinas, habitan en las raíces de los gigantescos árboles de los bosques finlandeses, noruegos y suecos. Pero estos pequeños seres también los encontramos en la cultura aborigen de los chibchas, habitantes del altiplano cundi-boyacense; pequeños niños, recién nacidos, llorones, que al tocarlos se convierten como por arte de magia en pequeños muñecos de oro, conocidos con el nombre de Tunjo.

Leyendo la Oración del Duende, me parece que fue escrita por algún sacerdote católico mexicano, o centroamericano; no solo por la cantidad de invocaciones a María Santísima, los tres clavos de nuestro Señor Jesucristo, sino porque refleja el machismo latinoamericano. Para pelear: somos pueblos guerreros, peleadores, machos violentos; para ello la idiosincrasia y el folclor popular crea rezos y oraciones para ganar peleas, y hacerse invisible ante el enemigo. Para amansar: los latinoamericanos, machos, amantes de los caballos y las vacas; en las diferentes culturas de nuestro hemisferio ha existido la creencia de que ciertos rezos, oraciones y exorcismos, amansan el ganado de distintas especies. Para enamorar: el hombre latino, especialmente aquel que no posee una vasta cultura intelectual, en su instinto machista cree en los milagros y hechizos para conquistar el amor de aquellas mujeres que no están a su alcance; se cree con el derecho de conseguir el amor a cualquier precio, incluso mediante rezos, oraciones y filtros mágicos. Esa cultura subsiste en nuestros días y por esa razón los consultorios de charlatanes se ven abarrotados de hombres que buscan el secreto mágico para enamorar. Para finalizar diré, que los duendes están lejos de servir de intermediarios para suplir los deseos absurdos del hombre ignorante.    

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