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2/24/2015

El nuevo cartel


Santiago Villarreal Cuéllar

Colombia es el país de los carteles; en la década de los ochenta descubrieron los del narcotráfico, y se creyó que estas organizaciones operaban solo para traficar substancias ilícitas. Pero también existía el cartel estatal de la telefonía fija en manos del monopolio, Telecom. En pueblos y ciudades para instalar una línea telefónica había que tener “palanca” política y su costo era estruendoso, sin contar la coima que se debía pagar al gerente local. Por la misma década comenzó a operar el cartel para-militar, cuyos sicarios operaban con la complicidad de la fuerza pública (cuando no eran sus miembros), la empresa privada, y los políticos. Sin desconocer los carteles guerrilleros que manejaban (y aún lo hacen), extensas zonas del país. En la década del 2000 descubrieron el cartel de la contratación estatal, cuyos tentáculos abarcaba (o abarcan porque no creo que se haya acabado), políticos, empresarios y medios de comunicación. Desde el año pasado se viene denunciando tímidamente los carteles del papel higiénico, medicamentos y pañales. No obstante los anuncios de la Superintendencia de Industria y Comercio para desmantelar y ajustar los precios de estos productos, todo parece vana esperanza porque estos elementos de primera necesidad continúan carísimos, si se comparan con los precios de países vecinos, incluyendo Venezuela done los carteles especuladores no solo esconden los productos, sino que los venden a precios exorbitantes. No debemos olvidar el cartel estatal de la gasolina, que aún con las bajas de los precios internacionales del petróleo, aquí este producto se vende a un precio increíble. Y ni qué decir del cartel de la energía eléctrica, en su mayoría en manos de empresas estatales, pero si comparamos el valor del kilovatio de otros países, aquí el abuso es colosal y con un pésimo servicio prestado en la zona centro y sur del Huila, y otras regiones de Colombia.

A estos carteles tradicionales para quienes no existe autoridad que controle, se suma ahora el cartel del arroz; un producto de primera necesidad, consumido por las familias más pobres del país, cuyos industriales parece que formaron un sindicato clandestino, una verdadera logia, no solo para acaparar la producción nacional, sino para cobrar precios escandalosos, sin tener ningún escrúpulo, sin pensar por un momento el inmenso daño causado a millones de familias cuyos miserables ingresos no alcanzan para pagar el kilo de este vital alimento al precio actual. Sabemos que en el rico menú del ministro de agricultura el arroz no cuenta, pero debería pensar en los millones de colombianos que no pueden comprar espárragos ni caviar, y cuya ración básica es el arroz.



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