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7/07/2014

El Papa Francisco y las banderas robadas


Por Andrés Mora Ramírez

Como líder religioso, y como arrasadora figura mediática, ninguna declaración del Papa Francisco pasa inadvertida: sea por su tono crítico –inusual en la jerarquía católica-, sus posiciones más o menos controversiales, o por su deliberado empeño en transformar la imagen de una institución anquilosada y desprestigiada. Pero, en este esfuerzo, el obispo de Roma también entra en contradicciones, propias del choque entre una realidad indefendible, la de las injusticias sociales, y la doble moral del discurso y las acciones que, históricamente, ha desplegado la Iglesia Católica.

Algo de esto fue lo que quedó en evidencia en una entrevista publicada por el diario italiano Il Messaggero, el pasado fin de semana, en la que el Papa, por un lado, condenó la decadencia política, los escándalos éticos relacionados con la economía y la corrupción como fenómenos y problemas globales; y por el otro lado, reivindicó para la Iglesia Católica y el cristianismo las banderas de lucha contra la pobreza y por la justicia social. Y justamente allí tuvo su desliz, pues aseguró que “los comunistas nos han robado la bandera. La bandera de los pobres es cristiana. Los comunistas dicen que todo esto (por la pobreza) es algo comunista. Sí, claro, ¡cómo no! Pero veinte siglos después (de la escritura del Evangelio). Cuando ellos hablan nosotros podríamos decirles: ¡Pero si son cristianos!” (Página12, 30-06-2014).

El Papa Francisco respondía así a la pregunta del periodista italiano que le interpelaba sobre los adjetivos -nada inocentes- con los que algunos sectores lo caracterizan, y que incluyen las etiquetas de populista, comunista, pauperista y, en el extremo de la ignorancia o la mala fe, hasta de leninista, como lo acusó la revista británica The Economist.

Que la pobreza –material y del espíritu- está en el centro del Evangelio y de la experiencia de las primeras comunidades cristianas, es un hecho irrebatible. Que muchos cristianos intentan vivir el mensaje de Jesús de Nazareth y ser consecuentes hasta el final, es igualmente incuestionable. Pero concluir que de aquel hecho fundacional y de las convicciones personales que animan a los creyentes se deriva un compromiso radical del cristianismo universal por acabar con la pobreza y las condiciones de explotación de los seres humanos, o una práctica congruente con las enseñanzas evangélicas por parte de la misma Iglesia Católica –como podría interpretarse de las palabras  del pontífice-, es una afirmación osada, casi del tamaño de sus palacios y sus tesoros, que difícilmente resistiría el ejercicio de la crítica rigurosa.

Más que ser víctimas del robo de banderas por parte del comunismo, como argumenta el Papa Francisco, lo cierto es que el cristianismo monopolizado por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana –en tanto institución al servicio de intereses y pasiones humanas-, y convertido así en religión imperial de Occidente, desde hace muchos siglos renunció a la pobreza para abrazarse al poder político y económico del reino de este mundo.  

Si bien el pensamiento cristiano sobre la cuestión social, desarrollado desde finales del siglo XIX y plasmado en varias encíclicas papales, fue una respuesta a la opresión de los ricos sobre los pobres que ya rebasaba los límites de control del statu quo, así como al amplio movimiento de los trabajadores y los pueblos que intentaba subvertir el orden forjado en las calderas de la revolución industrial y del capitalismo, al final terminó por revelarse limitado cuando la urgencia y la profundidad de las transformaciones sociales tocaron la base de un complejo sistema de privilegios, entroncado con los sistemas económico y productivo, y de una cultura ya especializada en justificarlos.

En América Latina, esto fue particularmente doloroso y los ejemplos abundan a lo largo de nuestra historia, y particularmente en el siglo XX, con los testimonios de vida de los Camilo Torres, Rutilio Grande, Oscar Arnulfo Romero,  Helder Camara, Enrique Angelelli o Carlos Mujica: aquí, en nuestra América, mientras los pobres adquirían conciencia de las condiciones de su explotación, y se organizaban para luchar por su dignidad y sus derechos,  acompañados por hombres y mujeres cristianos, a veces bajo las banderas del comunismo, y a veces bajo las del más puro anhelo de liberación, buena parte de la jerarquía católica miraba hacia otra parte, pactaba con militares, oligarquías y corporaciones, y por muy paradójico que resulte, cambiaba su primogenitura por un plato de lentejas.

Un poeta cubano, católico y revolucionario, Cintio Vitier, lo tenía muy claro: en nuestras tierras, donde la espada y la cruz se metamorfosearon en balanza, “pero no en balanza al servicio de la justicia / sino de la injusticia y la maldad”, las bienaventuranzas de los pobres terminaron “por ser utilizadas cínicamente por los ricos: / si es tan bueno ser pobre, si tu reino no es de este mundo, / sigue trabajando para mí, para tu paraíso”.

¿Banderas robadas, entonces? De ninguna manera: los estandartes de las mejores causas, cuando verdaderamente se ha luchado por ellos, nunca se abandonan: se asumen, se defienden y se consagran en cada acto de la vida.

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