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7/27/2014

Aprendamos

El monte Cervino, un icono de los Alpes suizos (imagen: Ashokboghani / Flickr). -
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Autor: Eduard Punset 27 julio 2014
Después de los Estados Unidos, Suiza ocupa el segundo lugar como el país más competitivo del mundo. Tiene una tasa de paro inferior al tres por ciento y su población exhibe un nivel de confianza en el futuro solo superado, en Europa, por Noruega.
¿Qué pasa con Suiza? ¿Por qué todos los países europeos, sobre todo los que languidecen en la crisis económica, no tienen desplazado allí un equipo de expertos? «Hombre –le contesté a un periodista que me hacía esta pertinente pregunta–, no todas las respuestas son las mismas, pero desde luego cabría estudiar muy bien si algunas de las medidas tomadas por los suizos son aplicables a otros países».
Desde luego la clave no está en el tamaño de su población, porque Honduras o Bután serían casos comparables en ese sentido. Yo me fijaría más en lo que dijeron suizos relevantes como Jean Jacques Rousseau, que en 1762 escribió lo siguiente: «Cuanto más se amplía el vínculo social, más se relaja y, en términos generales, un Estado pequeño es proporcionalmente más fuerte que uno más grande». Con todo, un suizo de hoy diría que «la talla de su país es la adecuada: ni la de un gigante ni la de un enano.
Cuando se analizan las características actuales del conglomerado suizo, se queda uno con los rasgos siguientes: descentralización del poder, democracia directa a través de votaciones populares o referendos, unas fuerzas armadas compuestas por milicias ciudadanas y, finalmente, el imperio de la corresponsabilidad política obtenida gracias a un régimen de representación proporcional.
Ahora bien, por encima de todo –tomen nota, por favor, los responsables políticos de nuestras comunidades autónomas–, lo que define la naturaleza de la organización suiza es la importancia política concedida a la educación pública. Los llamados cantones y sus comunas financian más del 80 por ciento de todos los gastos educativos. A los jóvenes, una vez concluida la enseñanza obligatoria, les corresponde elegir su trayectoria educativa: un 60 por ciento de ellos optan por la formación profesional.
De este modo, las colectividades públicas suizas tienen asegurada la formación requerida por sus empresas; un estudio efectuado hace unos dos años por la institución bancaria Credit Suisse sugiere que la educación es satisfactoria y que la motivación para estudiar de los jóvenes va mucho más allá de sus propios intereses y se acerca a las necesidades de la propia empresa.
Dicho lo anterior, el sistema suizo en su conjunto concede a sus trabajadores la primera posición para los servicios de calidad y alta gama, tanto si se trata de la gestión de la riqueza como de los productos vinculados a los sectores de la química, farmacia, relojería o mecánica de precisión. A pesar de su apuesta por un franco suizo fuerte y revalorizado, el país sigue disfrutando de una balanza comercial fuertemente excedentaria. En las encuestas no solo exhiben su optimismo respecto al futuro, sino que se muestran confiados en cuanto a sus ventajas a la hora de competir con el resto del mundo.
Es curioso que la población suiza insista en destacar las ventajas referidas a su país tomado globalmente, frente a las ventajas individuales. Forman parte de un país innovador y competitivo que se adapta bien a los cambios de mercado. Su fuerza reside –en eso coinciden todos los observadores– en la búsqueda constante del equilibrio entre la solidaridad y la apertura al resto del mundo; para utilizar los términos recogidos en la Constitución de 1999: «Suiza puede enseñar cuál es la vía al resto del mundo, sin falsa modestia ni pretensión desmesurada».
¡Ojalá aprendamos!
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