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9/05/2013

Tengan misericordia de los campesinos



Santiago Villarreal Cuéllar

Produce dolor y rabia, ver decenas de campesinos con sus cabezas sangrantes, producto de golpizas, y sus ojos enrojecidos como consecuencia del gas mostaza, todo propinado por agentes del ESMAD. No es justo tratar de esta forma a nuestros labriegos, quienes han recurrido a la protesta pacífica en procura de que el gobierno indolente los escuche.
Nuestros campesinos colombianos son en su mayoría gente humilde y sencilla. En las encumbradas montañas, hombres, mujeres y niños, con sus ruanas, sus mejillas rojas y descascaradas por las bajas temperaturas, labran la tierra, recibiendo la fría lluvia, o el quemante sol; con sus embarradas manos, acarician las plantas de papa, arrancan la cebolla cuyo aroma se percibe a varios metros, o cuelgan de la cuerda la planta de arveja; en las zonas tropicales húmedas, deshojan los platanares, arrancan la yuca y descascaran el maíz, mientras el sudor salobre corre por sus cuerpos tostados, producto del inclemente calor, o sus pálidos rostros, originado por el paludismo, son enjuagados por la torrencial lluvia; en las regiones medias, el cafetero carga a la cintura su “coco,” mientras sus manos ágiles desgranan el rojo fruto, que después de procesado tomamos en las mañanas. Esa es, en resumidas cuentas, la vida del labriego pobre, desamparado del estado, despreciado por el citadino que no comprende ni sabe las dificultades de ese otro ser humano.
Por décadas, este campesino abandonado a su suerte, ha sido engañado por los politiqueros, ignorado por el gobierno, maltratado por el habilidoso comerciante que  compra su cosecha a bajos precios, y expoliado por los usureros banqueros que no tienen compasión de nadie.  Y encima de todo, cuando salen a las carreteras para mostrar su inconformidad y reclamar lo que le corresponde, lo insultan, lo golpean, y lo engañan firmando acuerdos que no se cumplen. No hay derecho a tanto engaño, a tanta humillación. Nuestros labriegos  que nos prodigan el alimento diario a nuestras mesas, merece condiciones más dignas. Señor gobierno, señor Policía, ¡tengan misericordia del campesino!     



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