Santiago
Villarreal Cuéllar
Sí puede casarse un hombre con
otro, lo mismo que una mujer con otra. De hecho ya lo hacen en
catorce países del mundo, entre otros en algunos de latino América,
cuyas legislaturas han aprobado los matrimonios civiles entre parejas
del mismo sexo. Se trata de legalizar las uniones de parejas
homosexuales y lesbianas, quienes continúan siendo discriminadas en
muchas naciones del mundo, entre las que se cuenta Colombia, cuyos
legisladores se niegan a aprobar un marco legal para estas parejas.
Pero no solo se pueden casar,
sino adoptar niños como lo han hecho en algunos de estos países.
Está demostrado psicológica y terapéuticamente, que estas parejas
resultan ser más cuidadosas y afectivas con los niños que las
heterosexuales. Y se ha demostrado que los niños y niñas criados
dentro de estas familias de un mismo sexo, generalmente no asumen el
mismo rol de sus padres, sino que la mayoría de jóvenes de ambos
sexos asumen un comportamiento heterosexual. ¿Entonces porqué tanta
oposición en nuestro país a esta clase de matrimonios? No hay duda
que es el fundamentalismo religioso el que influye en estas
decisiones. Un país de mayorías católicas, con un alto porcentaje
de adeptos a sectas protestantes y otras denominaciones religiosas,
es una sociedad de pensamiento conservador y puritano. Aunque en su
ceno albergan cantidades de homosexuales y lesbianas, que no se
atreven a confesar su preferencia por temor, proclaman a los cuatro
vientos su odio a las personas con una opción sexual distinta.
Aquellas personas que se
auto-denominan cristianas, deben saber que Jesucristo en ninguna
parte de los evangelios enseñó odiar los homosexuales y lesbianas.
Por el contrario, Jesús proclamó el amor de los unos a los otros,
sin mirar la paja en el ojo ajeno. Son los pastores y sacerdotes
fundamentalistas, quienes interpretan algunas cartas del apóstol
Pablo, donde este condena las personas con diferencias sexuales.
Seguramente ese apóstol fue un homofóbico, o sufrió alguna
patología mental que lo inspiró a condenar ese comportamiento.
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