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11/01/2012

ENFERMEDADES MISTERIOSAS



Santiago Villarreal Cuéllar
Juan empezó con un leve dolor de cabeza, que en principio trató con analgésicos convencionales, pero luego se tornó insostenible. Acudió al medico general, quien le diagnosticó un stress. Le formuló un ansiolítico de bajos efectos pero el dolor continuó. De nuevo acudió al consultorio y fue remitido al neurólogo, quien ordenó una tomografía para descartar cualquier problema cerebro-bascular. No diagnosticó nada anormal, por lo que ordenó una resonancia magnética, pero los resultados fueron negativos, es decir, todo era normal en el cerebro de Juan. Lo remitió al psiquiatra pues consideró que se podría tratar de una hipocondría. El nuevo especialista, formuló un ansiolítico de alto espectro pero el dolor de cabeza continuó. Cansado el paciente de tomar tabletas y aconsejado por amigos, acudió a medicinas naturales o alternativas. Probó con plantas medicinales, baños, piedras magnéticas, remedios homeopáticos y toda suerte de pases; acudió a sectas de garaje donde recibió oraciones, sanaciones y “llamados” del Espíritu Santo, pero todo fue vana esperanza porque la enfermedad seguía intacta. Regresó de nuevo a la medicina convencional y después de rigurosos exámenes, lo mismo que la revisión de diversos especialistas de diferentes ramas médicas, diagnosticaron su dolencia como una enfermedad desconocida.      
No obstante el avance de la medicina alópata, con todos sus descubrimientos farmacéuticos; grandes investigaciones de las diversas ramas de la medicina del siglo XXI;  supuestas curaciones de la llamada medicina alternativa; supuestas sanaciones y milagros prodigados por gurúes y lideres de sectas religiosas, existen en el mundo más de siete mil enfermedades llamadas desconocidas por la ciencia. De cada diez mil personas, una puede padecer este tipo de dolencias. Para estas no existe tratamiento, ni hay un gran avance en investigaciones, porque al no considerarse como pandemias, o enfermedades que aquejen a un gran número de pacientes, los centros universitarios y los investigadores no gastan tiempo en escudriñar. Tampoco son rentables para los grandes monopolios de la farmacéutica. Total, el mundo continuará viendo morir cientos de miles de personas por causa de enfermedades desconocidas.

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