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1/06/2012

DESARME NO DISMINUYE LA DELINCUENCIA


Santiago Villarreal Cuéllar
La propuesta  del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, consistente en prohibir el porte de armas, no es la más acertada. Los portadores de armas de fuego, amparadas con salvoconductos, no son los que cometen actos criminales. Los delincuentes de todos los pelambres no portan armas legales, sino que las adquieren en el mercado negro. Además, los alcaldes no están facultados para prohibir de manera permanente el porte de armas.
La primera estrategia de un alcalde, gobernador, o presidente de la república, para disminuir la criminalidad, es confiscar las cientos de miles de armas de fuego que no tienen amparo legal. Estas se encuentran en poder de la delincuencia, común y organizada. El ciudadano de bien, poseedor de un arma amparada legalmente, la ha conseguido con mucho sacrificio. En Colombia para adquirir un revólver en una Brigada militar (son las únicas que venden y expiden salvoconductos), es toda una Odisea. El ciudadano debe poseer abundantes bienes raíces. Necesariamente debe estar amenazado, haber sido victima de un secuestro, o extorsionado. Cada uno, o dos años, debe presentarla a la respectiva Brigada, incluso con las municiones. Y si ha utilizado alguna, deberá especificar, cómo, cuándo y porqué la disparó. Eso sin contar la cantidad de cartas de recomendación que le exigen.
El delincuente en cambio, adquiere toda clase de armas de fuego en cualquier momento. Basta poseer una buena cantidad de dinero, no solo para la compra del armamento, sino para sobornar a las autoridades que pretendan impedir sus pretensiones.
Ante la rampante hola delincuencial que vive nuestro país, creo que el deber del gobierno nacional es flexibilizar la legislación para que todo ciudadano de bien pueda portar un arma de fuego. Si las autoridades legítimamente constituidas, no son capaces de defender la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos, pues por lo menos permitan el libre porte de armas. Una persona honrada, bien armada, no será presa fácil de los pícaros. Prohibir las armas legitimas, es una desfachatez. 
      

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