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1/10/2015

El riesgo de ser gusano


Santiago Villarreal Cuéllar

Algunas veces me he preguntado, si la reencarnación fuera un hecho cierto, y si tuviera conciencia y poder para decidir en qué cuerpo me gustaría regresar; aunque parezca locura, tomaría la semilla de una aceituna; he visto esos viejos árboles de olivo que se encuentran en algunos lugares del Mediterráneo griego, el sur de Italia, España, Marruecos; algunos milenarios, otros con ochocientos y novecientos años. Vivir mil años, ser acariciado por los fríos vientos que anuncian el invierno; ver los copos de nieve agarrados de las ramas; observar esos tallos convertidos en bellas flores en primavera; sentir los primeros rayos de calor anunciando el quemante verano; encorvarse por el peso de los frutos en otoño; sentir las delicadas manos cosechando los frutos; deslizarse viscoso en aceite y ser engullido por millones de comensales.
Pregunté a un adolescente en qué cuerpo le gustaría reencarnar y me respondió con entusiasmo, que le encantaría hacerlo en el caballo reproductor de un pariente suyo; hace ocho años vive, come, recorre soberbio el potrero y monta yeguas cada dos días, reiteró con pícara sonrisa.  
Definitivamente no me gustaría reencarnar en gusano. Desde niño he observado estos pequeños seres en forma de oruga moviéndose de un lado a otro. Algunos son lisos, matizados de colores; muchos se camuflan del mismo color de la corteza de los árboles que le sirven de hábitat; su vida es corta, no sobrepasan los dos meses. Otros poseen pelos puntiagudos, unos blancos, otros verdes y muchos matizados de bellos colores; si alguien rosa sus pelos sufrirá una reacción alérgica; es su forma de defenderse. Los humanos los persiguen para matarlos, bien porque son víctimas de su veneno, o porque muchos de estos se comen las hojas de los cultivos. He visto algunos gusanos largos camuflarse en forma de pequeña rama cuando observan una ronda de hormigas, y estas pasan por encima de él sin detectarlo; otros los he visto sobrevivir atravesando una carretera por donde transitan muchos autos; no era su hora.   


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