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8/23/2014

La búsqueda continúa




Santiago Villarreal Cuéllar

Desde aquella soleada tarde del viernes 23 de agosto de 1991, cuando verdugos se llevaron vivo a mi hermano José Lizardo Villarreal Cuéllar, empecé una búsqueda que aún no termina. Los primeros días fueron de mucha angustia, del afán de encontrarlo en algún sitio, vivo, o en el peor de los casos muerto. Pero todo fue vana esperanza. Al mes siguiente seguí la búsqueda y de la angustia pasé al dolor, a ese terrible dolor de no verlo, de la impotencia para hacer algo; en ese estado uno piensa y se imagina cosas terribles, macabras. El llanto de la familia no cesaba, mientras la solidaridad de los amigos continuaba y las esperanzas parecían desvanecerse. A los dos meses mi más cercano amigo, a quien siempre consideré mi segundo padre, me aconsejó no buscar más. Sus cortantes palabras fueron como un golpe en lo más profundo de mi alma. No, yo no podía dejar de buscar. Era un imperativo moral, constituía una traición a mi único hermano quien era parte de mi vida, parte de mis genes, parte de mi cuerpo, pero ante todo, parte de mi alma, de mi ser, de lo más amado y preciado. ¿Cómo dejar de buscar? Era imposible hacerlo.
Con el correr de los años comprendí que las palabras de mi gran amigo fueron razonables. Agoté tiempo, recursos y nada logré. Mi hermano fue vilmente desaparecido, en un crimen tan perfecto- si es que los hay- que hasta la fecha de escribir estas líneas continúo sin saber nada de su paradero. Pero me niego rotundamente a dejar de buscar. Cuando en cualquier parte del país tengo noticias del encuentro de un cadáver que lleva años enterrado, hago todos los esfuerzos por saber sobre sus características genéticas. Me he hecho hacer la prueba genética en muchas oportunidades para cotejarla con la de esos huesos encontrados en alguna fosa, pero desafortunadamente otros son los dueños de esos restos. Los de mi hermano no aparecen aún, pero seguiremos la búsqueda, no sé hasta cuándo.      


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