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3/14/2014

Las plantas también tienen alma


Santiago Villarreal Cuéllar
Las plantas, hierbas, arbustos, árboles y todo el reino vegetal, poseen, no solo vida sino alma, espíritu, elemental o una entidad invisible a los ojos de los humanos. Cuando Charles Webster Leadveater y Annie Besant, publicaron su libro Los Elementales, a mediados del siglo veinte, donde afirman que las plantas tienen una entidad elemental o espiritual, muchos críticos, entre ellos destacados científicos, llegaron a tildarlos de locos. Sin embargo, en la década de los ochenta, biólogos canadienses experimentaron, cómo las plantas responden positivamente a los estímulos (caricias) prodigados por los humanos. En un jardín de Toronto, estos científicos colocaron varias macetas con plantas ornamentales, y diariamente acariciaban algunas, e incluso les expresaban palabras alentadoras, mientras no lo hicieron con otras. Al cabo de seis meses, aquellas plantas que recibieron estímulos, mostraron un desarrollo y florescencia superior, sobre aquellas que no los recibieron.
En la misma década de los ochenta, varios científicos empezaron a profundizar y desarrollar la teoría de la física cuántica, más conocida como energía cuántica, que consiste en demostrar que toda la materia posee algún tipo de energía. Esto por supuesto incluye las plantas, que al examinarlas, colocando sensores de energía, llegaron incluso a escuchar sonidos melodiosos. Estamos a punto de demostrar que los creyentes de los elementales de las plantas tenían razón, así fuera empírica o exotérica.

También tenían razón nuestros aborígenes de toda América, cuando utilizaban, y todavía lo hacen aquellas culturas que conservan sus tradiciones ancestrales, las plantas para curar enfermedades, realizar rituales sagrados y elaborar poderosos venenos para sus flechas. Estos aborígenes cuando se disponen a coger una planta medicinal, primero solicitan permiso al espíritu elemental y luego arrancan la misma, o cortan sus ramas para preparar el brebaje. Lo hacen de igual forma cuando se internan en los frondosos y espesos bosques, pidiendo permiso a los espíritus de los gigantescos árboles para que permitan su paso y no perderse en la jungla. De allí nace el respeto que debemos tener por la madre naturaleza.          

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