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8/22/2013

El Hermano Lizardo



Santiago Villarreal Cuéllar


Un viernes 23 de agosto de 1991, fue obligado a abordar un vehículo por secuaces a sueldo, quienes dispararon al aire para intimidarlo; sucedió en la Vereda Charco del Oso, sobre la carretera que de Pitalito conduce a Timaná; desde esa fatídica fecha, tristemente nunca más se ha sabido de esa persona, no obstante buscarla incesantemente. Fue una víctima más de ese horripilante delito de desaparición forzada, tipificado como crimen de lesa humanidad por el derecho internacional.
Lo horrible de esta pesadilla es que uno ve a esa persona llegar, escucha sus pasos, siente su aliento, sueña con ella, viéndola, conversando; es algo tortuoso, es como si parte de la vida estuviera lejos, pero al mismo tiempo cerca; es la tristeza, la desesperanza, la incertidumbre, la intriga; esa imagen está presente en todo momento y lugar, y sin embargo, no está en ninguna parte. ¿Muerta la persona? Quizá, es posible. ¿Pero y el cadáver? Dónde está para sepultarlo, para hacer el duelo, para llorarlo, para visitar su tumba y guardar su memoria. No, aquí no hay lugar para toda esa solemnidad de los muertos; aquí solo existe la incertidumbre, pero también una vana esperanza de volver a verla con vida; quizá más vieja, más flaca, o gorda, calva, o con sus cabellos largos y barbuda, pero viva. Pero luego, regresa la desesperanza, la duda y el espectro de la muerte vuelve a nuestro pensamiento. ¿Y dónde estará? ¿Qué hicieron con su cadáver? ¿Dónde lo sepultaron? ¿Lo arrojaron a un rió, lo quemaron? ¿Y sus cenizas? ¿Por qué no entregaron sus restos? ¿Por qué hay seres humanos tan crueles, tan perversos? ¿De dónde les nació la macabra idea de desaparecer esa persona? Son tantas las preguntas y pocas las respuestas.
Hace dos años me sorprendió ver la foto de mi hermano José Lizardo (la victima de quien estoy hablando), sobre el altar de una señora muy religiosa, quien manifestó: “Yo adoro a su hermano, es milagroso, es el Hermano Lizardo, Mártir de los Desaparecidos.” 



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