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7/02/2013

La culpa es de la guerrilla



Santiago Villarreal Cuéllar
Nos tiene cansados el gobierno a través del presidente, sus ministros del Interior, Defensa, jefes de Policía y los voceros del régimen, con el disco rayado de que la guerrilla es la responsable de los justos paros realizados por cientos de miles de colombianos, que solo encuentran en las vías de hecho la única forma de hacerse escuchar. Porque en este país ni los representantes y senadores, se apersonan de las necesidades de las mayorías que continúan en condiciones miserables y se ven abocados a realizar protestas pacíficas para hacer sus justos reclamos. Sucedió con las protestas indígenas del Cauca, recientemente con el paro cafetero y ahora con las protestas campesinas de la región del Catatumbo en Norte de Santander; todas esas protestas, según el gobierno, fueron y son infiltradas por la guerrilla.
Cuando uno viaja por las carreteras de Ocaña, Tibú y otras regiones norte-santandereanas, observa que allí los años no han pasado; son trochas, como lo son las carreteras que comunican municipios de los departamentos de la Costa Norte, Chocó, Nariño, Caquetá, Putumayo, Guaviare, Meta y otras zonas geográficas, no obstante en muchas de ellas poseer pozos petroleros que saquean multinacionales extranjeras. Los campesinos pobres de Colombia, que son la mayoría, están cansados de seguir aguantando hambre, mientras billones de pesos se los roban los carruseles de la contratación, o se entregan a encumbradas familias como lo hizo el gobierno de Uribe con Agro Ingreso Seguro; o se reparten a los productores de caña en forma de subsidios para producir biocombustible. Cientos de familias campesinas se ven en la penosa necesidad de cultivar coca para poder sobrevivir. La respuesta del gobierno es mandar a fumigar con herbicidas, acabando con los cultivos de plátano, yuca y demás alimentos, además de destruir la flora y fauna de inmensas regiones selváticas.
Hace muchos años el campesinado colombiano viene solicitando por las vías legales, solución a su problemática, pero el régimen no hace nada para resolver sus peticiones. El paro de la región del Catatumbo es justo y necesario, pero la respuesta del gobierno ha sido violenta: cuatro muertos. Estos campesinos, de rostros tostados por el sol, con manos encallecidas de labrar la tierra, quedaron mirando sorprendidos, como otros colombianos, portando fusiles entregados por el establecimiento, comprados con el dinero que ellos mismos pagaron con sus impuestos, dispararon las balas asesinas que segaron sus vidas. Quizá estas cuatro almas descansen para siempre, liberándose de una vida miserable, pero los otros cientos de miles curtidos campesinos, esperan una solución definitiva. Ojalá no sea la muerte.           

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