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6/07/2013

Manteca de humano



Santiago Villarreal Cuéllar
Hace 25 años visité la ciudad de Puerto Asís, en el bajo Putumayo, donde laboré por algunos meses. En cierta oportunidad sufrí un pequeño accidente que me causó una herida en un pie. La camarera del hotel me aconsejó untarme manteca de humano para que sanara rápido y no dejara cicatriz. No sabía qué carajos era esa tal manteca y la señora me explicó que en esa ciudad vendían el aceite extraído de los difuntos. Ella me ofreció una botella que contenía la milagrosa manteca. No la usé, pero decidí investigar, encontrando la persona que extraía el producto. Se trataba de una enfermera que laboraba en el hospital local. Al visitar su casa evidencié el negocio: estantes repletos de botellas que contenían el producto.
El aceite de difunto es de color amarillo brillante, parecido al de las gallinas criadas en los campos, y algo similar al aceite de canola. Posee un olor muy particular: una mescla suave de sudor de axila, y un ligero aroma a manteca de cerdo después de freída. La señora me enseñó el laboratorio artesanal y la forma como extraía dicho aceite.
En aquellos años, en Puerto Asís asesinaban un promedio de dos personas al día (99% de sexo masculino) y la condición privilegiada de la enfermera trabajar en dicho hospital, que servía de morgue, hacía que facilitara su labor; recolectaba trozos de grasa de las barrigas de los difuntos asesinados, a quienes les realizaban la autopsia; luego colocaba las lonjas en una percha para ahumarlos; después de tres días las freía en una paila de cobre, dejando enfriar el aceite, y con sumo cuidado lo empacaba en botellas, quedando listo para su comercialización. Valía cinco mil pesos el litro, que debía mantenerse a una temperatura no inferior a 23 grados centígrados para evitar su coagulación. Las virtudes van desde la cicatrización rápida de heridas, hasta masajear el rostro para evitar las arrugas, y a los recién nacidos se masajea en las coyunturas para evitar el mal de ojo.  

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