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12/17/2013

Persiguiendo el humanismo



Santiago Villarreal Cuéllar

En el siglo del renacimiento, filósofos como Petrarca, Tomás Moro, Bocaccio, Erasmo de Rotterdam, Francis Bacon, para citar algunos, fueron perseguidos por el clero católico y algunos nobles de la aristocracia europea. Su pecado: expresar las primeras frases para engendrar esa doctrina conocida en el siglo de las luces como el Humanismo. Fueron excomulgados Voltaire, Denis Diderot, Montesquieu, Rousseau y muchos enciclopedistas que se atrevieron a diseñar lo que se conocería como los Derechos del Hombre, declaración que parió el humanismo. De allí hasta nuestros días, mucha sangre ha corrido por distintas partes del mundo, y cantidades de destierros para aquellos que abrazaron esta doctrina. Tormentosos caminos ha tenido que atravesar esta buena nueva,  para lograr colocarse en el pedestal de la historia. Europa tendría que soportar durante la segunda guerra mundial, otra cruenta persecución contra los promotores de esta doctrina. América Latina sí que ha aportado muertos y desaparecidos en defensa de los derechos humanos, cuya madre es precisamente la doctrina humanista. Colombia no ha sido ajena a esta cruel persecución, colocando un gigantesco grano de arena sangrienta por parte de los creyentes en el humanismo. 
Hago este breve recuento histórico, porque la destitución y sanción impuesta al alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro, por parte del sacro-santo procurador Alejandro Ordóñez, agrega un perseguido más de esta larga lista. Es que defender los “desechables,” (recicladores, indigentes, drogadictos, prostitutas, homosexuales, lesbianas), constituye una ofensa gravísima para las buenas costumbres de las clases acomodadas; también es delito regalar a cargo del erario público 5 metros cúbicos de agua potable a esa “chusma” de pobres que viven en los barrios marginados;  cómo se le ocurre a este alcalde ayudar a los zorreros, comprando sus caballos viejos y a cambio darles un pequeño camión para reemplazar sus destartalados carruajes; y lo que es peor: atreverse a desmontar las mafias de la recolección de basuras, quitándoles jugosos contratos y tratar de estatizar el negocio. Esto es un sacrilegio para aquellos practicantes del catolicismo ortodoxo, como el señor procurador, que en privado habla del reino de la nueva granada y no de Colombia. Era preciso castigarlo ejemplarmente para que los mandatarios futuros cojan escarmiento, y era necesario neutralizar este pecador de Petro, para que ni se le ocurra aspirar a la presidencia.

Lo grave fue que esa turba enfurecida salió a las calles y marchó hasta la Plaza de Bolívar, llenándola hasta reventar, para defender a su protector. El jerarca de la disciplina guarda silencio sepulcral, mientras la turba se prepara para no dejar sacar a su alcalde.          

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